La Psicopedagogía nos convoca a pensar acerca de la modalidad de aprendizaje; que se va construyendo a través de la historia del sujeto, de su interacción con el medio y sobre todo desde su grupo familiar.
Entendemos al aprendizaje como el proceso a través del cual el individuo adquiere habilidades, destrezas y conocimientos como resultado de la experiencia, la instrucción o la observación.
El aprendizaje es un proceso que se lleva a cabo en una situación vincular, es siempre necesario de un otro que otorgue significaciones, que muestre el objeto de conocimiento. Nos referimos a una figura enseñante, portador de un conocimiento que quiere transmitir, y un aprendiente que desea conocer y hacer propio este conocimiento.
Las figuras enseñantes son aquellas investidas de confianza y de derecho a enseñar por el sujeto que aprende. En cada enseñante se pone en juego su propia historia como aprendiente.
Pensamos al aprendizaje como posibilitador de autonomía, ya que permite a través del pensamiento, de la acción y del deseo establecer diferencias con los otros. Es esta diferenciación, este reconocerse como distinto, lo que abre el espacio de la duda, de la inquietud, lo que confronta al sujeto con la falta. Es justamente esta falta, este sentirnos incompletos, lo que nos despierta el deseo de conocer, de saber, lo que abre las puertas al aprendizaje.
Para poder comprender el vínculo que un sujeto tiene con el saber es fundamental tener en cuenta su entorno familiar. Cada sujeto aprende una manera particular de acercarse al conocimiento; ese modo particular (matriz de aprendizaje), se expresará en cada acercamiento a los objetos, en cada elección, en cada encuentro, en cada sesión.
La familia es el ámbito primario de constitución de la subjetividad, el escenario inmediato de nuestras primeras experiencias que resultarán fundantes de nuestros modelos de aprender.
El tratamiento psicopedagógico se presenta como un espacio que propicia y fomenta aprendizajes del tipo “significativos”. Para alcanzar aprendizajes significativos es necesario que la nueva información a incorporar pueda “conectarse” con un concepto relevante preexistente en la estructura cognitiva. Se trata de poder relacionar los conocimientos nuevos con los previos, dotándolos así de coherencia y sentido. Los conocimientos aprendidos significativamente son funcionales, es decir que se pueden aplicar en situaciones distintas a aquellas en las que se han aprendido. La aplicación no es solo la utilización de lo aprendido, también supone el enriquecimiento de lo que se sabe.
En el marco del psicodiagnóstico la evaluación de los procesos y estrategias de aprendizaje utilizadas por cada paciente, resulta de vital importancia. Esto nos ayudará a enfocar el tratamiento en función de poder moldear y modificar esquemas de acción rígidos y estereotipados, propios de los niños con dificultades de aprendizaje.
El juego se presenta como herramienta de evaluación en la etapa diagnóstica y como recurso terapéutico en la fase de tratamiento. El juego simbólico le permite al niño hacer activo lo vivido pasivamente, le permite la creación, permite la reconstrucción de situaciones vividas y la resignificación de las mismas.
El tratamiento psicopedagógico es un espacio facilitador para que cada uno pueda desplegar la totalidad de los aspectos de su singularidad, abre la posibilidad de tener un espacio propio que permita que el sujeto pueda ser autor de su propio pensamiento; dando lugar al no saber para poder preguntar y generar nuevos aprendizajes.
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