
Algunos padres perciben que sus hijos toman alcohol en exceso o suponen que pueden estar consumiendo drogas, pero no se sienten capaces de intervenir. Temen resultar atacados por sus hijos, si hablan o ponen límites. Es común que estos ataques sean injurias, gritos o malhumor. Muchos padres sienten miedo de ser pegados sin saber cómo han llegado a esa situación ni qué hacer para revertirla. Tampoco son concientes del discurso melancólico que enlaza y desenlaza los vínculos. El acople fantasmático entre algún hijo identificado como trasgresor, loco o frustrante se constituye en la realidad familiar. Aparece en los lazos cotidianos el reverso fantasmático de un niño es siendo pegado. El padre aniñado desea ser pegado por un hijo apadrinado.
Muchas de las consultas que recibimos los analistas hoy, las realizan padres de adolescentes angustiados y desorientados. Los motivos son semejantes y frecuentes: las dificultades que tienen en la vida cotidiana con sus hijos y éstos con los proyectos vitales.
Una significativa cantidad de adolescentes están abúlicos, desganados, pierden su tiempo sin interesarse por nada y en la familia la violencia verbal y física comienza a constituirse en síntoma; en algunos casos la música estridente y/o aislada es el único refugio para estos jóvenes que pierden años escolares sin poder reflexionar sobre los fracasos.
Algunos padres se dan cuenta de que sus hijos toman alcohol en exceso o suponen que pueden estar consumiendo drogas, pero no se sienten capaces de intervenir. Temen que si hablan o ponen límites resulten atacados por sus hijos. Es común que estos ataques sean injurias, gritos o malhumor, pero en otros los padres sienten miedo de “ser pegados” sin saber cómo han llegado a esa situación ni qué hacer para revertirla. Tampoco son concientes del discurso melancólico que enlaza y desenlaza los vínculos. El acople fantasmático entre algún hijo identificado como trasgresor, loco o frustrante se constituye en la realidad “familiar”, a la vez ominosa.
Aparece en los lazos cotidianos el reverso fantasmático de “un niño es siendo pegado”. El padre aniñado desea “ser” pegado por un hijo apadrinado.
Estos jóvenes creen haberse independizado de sus padres aunque siguen dependiendo de ellos económica y afectivamente. Esta dependencia los vuelve vulnerables y enojados, hasta pueden padecer estados de ira o furia. Desearían no estar atados a sus propios sentimientos pues les angustia que éstos los vuelva débiles o más expuestos a las demandas paternas. El segundo tiempo del desprendimiento parental es justamente la adolescencia en la cual los varones deben reasegurar su identificación con la masculinidad y las niñas con la feminidad. Pero la masculinidad y la feminidad no son modelos estandarizados por lo cual los adolescentes se cuestionan más de una vez la asunción sexual del deseo; este bascular de la identificación al tipo ideal de su sexo los lleva a agredir a sus pares y al Otro sexo. Los varones se burlan de las jóvenes y éstas los menosprecian.
Muchos púberes ven reforzadas sus angustias e inhibiciones por un rasgo común generacional en sus pares mujeres.
Otro de los conflictos es aceptar los límites paternos y sociales. Pero tampoco éstos cumplen un patrón de medida común, lo cual desorienta a padres e hijos.
La no orientación simbólica de lo real enfrenta al fracaso o a situaciones de alto riesgo y los adolescentes pasan a ocupar el lugar de lo que “no anda” en la familia, la escuela, la comunidad.
Cuando afirmamos que en la cultura actual ha caído la función del padre, estamos diciendo que como conjunto social nos sentimos impotentes para modificar las condiciones de vida. Los jóvenes se han identificado con esta impotencia; esto los deprime y hasta melancoliza. La droga, la anorexia, la bulimia, y la crueldad superyoica que llega hasta el homicidio-suicidio son modos de expresar el malestar.
Nuestra función como analistas de adolescentes es restaurar el deseo de vivir y de crear, independizándolos de las exigencias e ideales de felicidad, éxito económico, poder y liderazgo impuestos por la cultura.
Ante la imposibilidad de cumplir con los ideales de obtención de un bienestar permanente, la adolescencia se prolonga y se vuelve un tiempo estable y monótono en lugar de ser un puente hacia posibilidades y proyecciones futuras.
La identificación al rasgo de indiferencia de un padre, un profesor o un funcionario denigrados, y de una ley sin valor o arbitraria que permite que el éxito dependa de la corrupción y la falta de escrúpulos, no sólo deshace la posibilidad de un “colectivo” que contemple la singularidad, sino que produce el estigma o el lastre de vaciamiento simbólico e imaginario.
Hoy los adolescentes se llaman y llaman a todos y a todo “boludo”, este boludo ha dejado de ser un insulto, pero sigue siendo un apodo descalificatorio. Es en realidad el nombre con que nominan su depresión.
Las depresiones pueden afectarlos silenciosamente, sin que ellos mismos se reconozcan deprimidos hasta el desencadenamiento de la compulsión, el hastío o el pánico.
La observación clínica más frecuente es la “melancolización silenciosa” hasta que estalla con el grito desesperante de algún acto violentador.
La orientación que podemos dar a los padres y maestros es que estén advertidos que cuando los jóvenes regresan demasiado tarde en forma permanente y no descansan, cuando están irritados por semanas sin que ceda el sufrimiento y la inestabilidad emocional, cuando no estudian, cuando tiene trastornos con la comida, cuando beben o fuman en exceso, cuando portan objetos cortantes o armas, cuando no se bañan, cuando desaparecen del colegio, cuando se encierran por largas horas en los baños, cuando no hablan ni se dirigen a otros en todo el día, cuando la música es demasiado fuerte y desenfrenada o se les vuelve adicción el gimnasio, etc. es el momento oportuno para dirigirse a un centro de atención.
Los psicoanalistas, si bien estamos advertidos que hay factores ambientales que parecen haberse globalizado o extendido a distintas culturas, no podemos dejar de tomar en cuenta los efectos discursivos de una melancolía que se hereda y transmite debido a un padre en defunción permanente pero que no alcanza la muerte simbólica. Hay padre simbólico agonizante que no esta muerto. Este rasgo cultural atraviesa a la comunidad mundial. Se convierte en mundo común, siendo lo común lo que no inscribe lo singular.
La melancolía se caracteriza por un estado depresivo y profundamente doloroso, con pérdida del interés por el mundo exterior, la capacidad de amar y la disminución del amor propio que conduce a la búsqueda de situaciones de sanción pública yde castigo, por ejemplo el delito. Si bien puede desencadenarse ante la pérdida de un objeto amado (por muerte, abandono, separación) lo que sorprende es que ese objeto puede ser de naturaleza ideal: la patria, la libertad, el poder, las esperanzas. Las más de las veces el sujeto ha perdido un ser querido pero no sabe que es lo que de él se ha perdido con el amigo, la novia, etc. El yo se le presenta sin valor alguno, indigno, miserable y agobiado por la culpa pero para contrarrestar este sentimiento el joven se hace mirar con desprecio o temor. Algunos se visten o se adornan de modo que la gente los rechace, sobre todo los adultos, otros en lugar de un tatuaje se cubren toda la piel o se agujerean todos los bordes del cuerpo.
Los reproches al objeto perdido han sido vueltos contra el sí mismo.
Según Freud las causas de la melancolía comprenden todos los casos de ofensa, postergación y desengaño que introducen en la relación con los otros la antítesis absoluta entre el amor y el odio o intensifican una ambivalencia preexistente pudiéndose desplegar un sadismo inusitado con tendencias al homicidio y al suicidio. La peculiaridad de la melancolía es transformarse en manía, estado en que el joven se siente exageradamente libre y descarga la energía psíquica en acciones excesivas que contrarresten la herida y el desvalimiento que padece.
Si hay una patología actual que guarda relación con el trípode freudiano: inhibición, síntoma y angustia, es la melancolización que atraviesa las neurosis hoy. Observamos esta melancolización tras los ataques de pánico, los trastornos alimentarios, la drogadicción, los ataque de furia y violencia.
El recurso a la medicalización por sí mismo no hace más que paliar transitoriamente lo que de todos modos se manifestará con la fuerza de la desesperación, la despersonalización y la pérdida del gozar de la vida.
En muchos casos aconsejamos consultas entre el adolescente en riesgo y padres y/o hermanos, sin que ninguno quede identificado como “enfermo”, sobre todo ante la negativa de los jóvenes a recurrir a la palabra y tolerar las vicisitudes transferenciales.
Los recursos terapéuticos coercitivos, aún el dispositivo analítico estricto, no hacen más que reforzar posiciones resistenciales familiares e impedir la instalación del Sujeto supuesto Saber.
Es conveniente variar las estrategias hasta que alguien o algunos demanden análisis.
El gozar de la vida, al que aludía Freud en Duelo y Melancolía, es el mismo deseo como contracara de la insistencia del goce, por ello su recuperación, es un largo camino de repeticiones fallidas y malestar.
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